Dos semanas. Ese es el tiempo que he tardado en sentirme en condiciones de sentarme frente a la pantalla con la tarea de describir, o al menos intentarlo, lo que el evento de Valencia supuso para mí. Si tuviera que resumirlo en una palabra, supongo que me decantaría por mágico. Aunque ya sabes que yo no soy de pocas palabras, precisamente, así que vamos a ello…
Me desperté el viernes con nervios, al igual que los días previos al viaje. A continuación, un desayuno rápido y trayecto en coche hasta el aeropuerto de Sevilla. El modo aventura activado una vez más, como cada vez que me subo a un avión con una mochila a la espalda. Llegada a Valencia, taxi hasta la tienda para recoger el proyector que alquilamos y otro trayecto más hasta la cafetería Artysana, que se convertiría en mi casa durante los próximos días. Una vez allí, pruebas de imagen y sonido con clientes y mesas alrededor.
¿Todo en orden? Mi optimismo me dijo lo de siempre, que sí.
Por la tarde, grabación de un podcast muy especial. Una conversación de dos horas y media en compañía de Marta, de la que hablaría largo y tendido (menudo proyectazo tiene entre manos) si no fuese porque aún no ha anunciado el proyecto públicamente. A su debido tiempo, pues. Spoiler: disfruté muchísimo y creo que salió una charla muy interesante e inspiradora.
Mediodía del sábado, espero a Lara en la estación de tren con el cartel del evento en mis manos. Nuestro segundo encuentro, aunque no nos daba esa sensación. ¿En serio no somos amigos de toda la vida? Un paseo hacia la cafetería bajo un sol otoñal para el andaluz, veraniego para la gallega. Tras un ligero almuerzo llega, al fin, la hora de hacer nuestro pequeño sueño realidad.
Por supuesto, con el reloj en contra aparecen los contratiempos. ¿Qué sería de la organización de un evento sin ellos? Media hora bajo el sol (esta vez parece más veraniego que antes) resuelve el olvido del cargador del ordenador, pero el sonido en la sala no parece ser suficiente. Las tres y media, aparece Marta (si te han gustado las fotos del evento, no dudes en visitar su web y descubrir mucho más sobre ella) y nos ayuda desde su imparcialidad a determinar si vale o no vale. Negativo. Por suerte -o porque a veces la vida compensa positivamente- he traído mi altavoz, que nos sorprende con la amplitud de su sonido y nos soluciona la papeleta. Sudo del alivio mientras llegan los primeros invitados.




En la cafetería hemos dispuesto varias mesas para que los asistentes formen grupos, y en todas ellas hay colocadas una selección de fotografías sobre mi vida y mi trabajo en Uganda junto a unas frases que pretenden inspirar ideas y reflexiones. Luego sonará una playlist con música africana, que confeccioné para la ocasión. Quiero sentirme en Uganda de nuevo y, sobre todo, trasladarlos a todos hasta allí.
Una treintena de asistentes, pese a algunas bajas de última hora. Hay gente que tendrá que ver el documental de pie, pero a nadie parece importarle. La atmósfera que se respira es fantástica y todos ponen de su parte, primero escuchando atentamente nuestra introducción, en la que Lara aborda los temas más técnicos y audiovisuales, mientras yo trato de situar al espectador en cuanto a lo que van a ver.
Creo que llego a decir que el documental no va de arquitectura, ni siquiera de cooperación: va de la vida, de cómo cada uno de nosotros podemos abordar los grandes temas trascendentales que nos acompañan a lo largo de nuestra existencia.
Trago saliva y le doy al play.
Noto que se me ha secado un poco la boca, pero esa sensación se esfuma en cuanto suenan los primeros aplausos. Doy un sorbo a un vaso de agua que ya no sé ni si es el mío y me pongo en pie. Ahora sí, da comienzo lo realmente importante.
El coloquio se desarrolla con soltura gracias a un público que nos echa una mano y se involucra en las dinámicas propuestas. Un poco tímido al principio, aunque esa sensación desaparece con el transcurso de los minutos. Al final, sucede lo que anhelaba que sucediera: cada espectador hace suyo el evento, compartiendo su visión y sus experiencias, lanzando preguntas que otros espectadores, en ocasiones, se atreven a responder. Y así se produce un debate sano sobre sociedad, cultura, trabajo, visión del mundo y el papel de la cooperación. Objetivo cumplido.






La apuesta por dar a conocer “Todo por hacer” nace de mi deseo genuino de acercar mi vida y mi forma de ejercer la arquitectura a mi otra casa, a mi otro mundo, a mi otra gente. Es la forma de trasladar hasta Uganda a quienes no han pisado África o quienes quieren revivir la sensación; es la manera por la que he apostado para que mi trabajo tenga un mayor impacto, también aquí: una forma de sentirme acompañado en mi viaje y un intento de inspirar a los demás a encontrar su propósito en el mundo.
Por eso quiero agradecer, de corazón, a todos los que estuvieron en este primer encuentro. Porque gracias a la acogida tan bonita y positiva que ha tenido este evento, lo repetiremos sin duda en otras ciudades durante los meses de enero y febrero.
Con Vigo confirmado para el 28 de febrero, Barcelona y Madrid serán los próximos destinos. ¿Te apuntas?
Cuando empecé con esta newsletter, cincuenta ediciones atrás, no imaginaba que me encontraría recorriendo España de la mano de mi propio documental.
Me siento un privilegiado por poder disfrutarlo y esto me da alas para seguir soñando en grande. Muchas cosas buenas están por venir, no me cabe la menor duda. Gracias por seguir ahí, y que así sea durante otras cincuenta más 🧡







